LLUVIA, VAPOR Y VELOCIDAD

TURNER

LLUVIA, VAPOR Y VELOCIDAD. 1844. JOSEPH WILLIAM TURNER. ÓLEO SOBRE LIENZO, 91 x 122 cm. National Gallery, Londres. 

En TURNER vamos a encontrar la fuerza del movimiento, la que hace recobrar al paisaje toda la dignidad artística. Vapores de un alba; disolución de la luz en un crepúsculo; soledad de la montaña; espesa inquietud de la niebla… aquí tenemos los temas a los que este pintor dedica sus pinceles en la convicción romántica de que deben ser representados junto a sus componentes emotivos y sentimentales.

 

En 1844 firma su Lluvia, vapor y velocidad (óleo s. tela, 91 x 122), una obra muy personal de la que decía el “Fraser’s Magazine”: Turner ha realizado un cuadro con lluvia de verdad, tras la que hay un sol auténtico y de un momento a otro esperamos ver el arco iris. Mientras, se nos echa encima un tren que realmente avanza a 50 millas por hora (…) haría bien el lector en ir a verlo antes de que salga fuera del cuadro.

Llamaba la atención a los contemporáneos la representación viva del movimiento y en el pintor anidaba la idea del contraste entre el mundo de la tecnología (el puente y, sobre todo, el tren) y la naturaleza. Ante la locomotora hay una liebre simbolizando la velocidad; a la derecha se vislumbra un arado en un campo lejano como representación de una sociedad que desaparece. No sólo la locomotora se mueve: el hombre y la naturaleza son para el artista dos mundos en continua mutación.

Desde el punto de vista formal lo que destaca es la DISIPACIÓN PROGRESIVA DEL TRAZO. La forma se disuelve para identificar el tema con el color o lo que es igual: el dibujo prácticamente ha desaparecido y las tonalidades muy tamizadas se independizan de su relación con los objetos y adquieren protagonismo por sí mismas. La forma remite al color y éste a la luz –la del tiempo meteorológico y la estación- con lo que se anticipa al impresionismo aunque, como veremos, este movimiento quitará dramatismo a los temas.

 

 

 

 

 

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EL JURAMENTO DE LOS HORACIOS

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EL JURAMENTO DE LOS HORACIOS. 1784. JACQUES LOUIS DAVID. ÓLEO SOBRE LIENZO, 3,30 x 4,27 MUSEO DEL LOUVRE, PARIS.

Se trata de una de las obras más celebres del pintor J.L.David. David representa en esta pintura un acontecimiento legendario de la época de la monarquía romana. En el siglo VII a. C. las ciudades de Roma y Alba Longa se disputaban el dominio de la Italia central. Para dirimir esta disputa se enfrentaron en combate, los tres hermanos Horacios, en representación de Roma y los Curiacios, de Alba. El único superviviente del combate fue uno de los Horacios que al ver el llanto de su hermana por uno de sus adversarios, a quien estaba prometida, la mató.

El pintor elige para la representación el momento del juramento, en el que el orgullo patriótico es más intenso. La finalidad de la obra es claramente ejemplarizante, pues quiere infundir en sus contemporáneos el sentido del deber hacia la patria.

La composición refleja un gran equilibrio y racionalidad. Los tres arcos del fondo (arcos de medio punto sobre columnas de orden dórico romano) constituyen el sobrio marco arquitectónico donde se desarrolla la acción y dividen el lienzo en tres zonas. Sobre el primer arco destaca el grupo de los tres jóvenes Horacios, sobre el segundo su padre, ante el que realizan el juramento, y bajo el tercero están las desconsoladas mujeres, con los niños, que temen el destino que les pueda deparar el enfrentamiento con los Curiacios, los más valerosos y adiestrados de la ciudad rival de Alba. Las mujeres expresan dolor y tristeza, como presagiando la muerte. Se establece así un contraste entre la energía y vitalidad desprendida por el grupo de los hombres y el abatimiento de las mujeres. El número tres es una constante en la obra (arcos, espadas, grupos…)

Los volúmenes y contornos están perfectamente definidos por un dibujo preciso, que les confiere valor escultórico. En los colores utilizados destaca por su intensidad el rojo de la túnica del padre, que alude también a la sangre del sacrificio. La luz entra por la izquierda remitiéndonos al tenebrismo de Caravaggio. Los tonos  y la luz se unen para dar una sensación de cierto estatismo y frialdad, características de la pintura neoclásica.

Se trata de una pintura de carácter moral  en la que los jóvenes Horacios representan el heroísmo y el sacrificio de su propia vida, por el bien de Roma, ofreciéndose como ejemplo para la defensa de los valores e ideales de la Revolución.

 

EL ÁNGELUS

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EL ÁNGELUS. 1859. JEAN FRANÇOIS MILLET. ÓLEO SOBRE LIENZO. MUSEO D’ORSAY, PARIS.

El Ángelus es una obra de 1859. El contenido cobra un carácter casi poético: una pareja de campesinos deja de trabajar y se pone a rezar ante el toque de ángelus de las campanas de la torre de la iglesia del pueblo que se sitúa al fondo. El hombre se quita
el sombrero mientras la mujer junta sus manos en oración a la par que ambos inclinan la cabeza.
El punto de vista bajo concede monumentalidad a las figuras inmóviles. La calidad técnica es indudable tanto en el dibujo como en el uso del color y la luz. La factura se aprecia rígida y densa. Lo que llama la atención es la penumbra envolvente que une
figuras y paisaje y pone a los personajes en primer término y en negativo frente a la tierra cultivada que ocupa tres cuartos del plano de representación y de la que parecen emerger los personajes. El color monótono hace resaltar las masas sobre los fondos y la luz dorada del cielo. El trabajador santifica su trabajo y, a la vez, se glorifica.
El artista plasma en escenas llenas de sencillez e intimismo, las duras condiciones de vida del campesinado. Sabe dotar a sus figuras de gran dignidad, situándolas en una atmósfera de impregnada de religiosidad y añoranza de la vida sencilla.
Pese a ser un pintor realista, hay quien cuestiona el realismo en su obra por querer dulcificar la vida de los campesinos que se convirtieron en su tema preferido. Quizá en su biografía encontremos la clave de su postura: hijo de agricultores pobres, había trabajado en el campo y será precisamente a los habitantes de su pueblo a los que deba el dedicarse a la pintura porque, comprendiendo sus habilidades naturales, le facilitaron una beca para que estudiara en París. Su obra fue rechazada por la burguesía, que veía en el pintor un peligroso socialista. Poco a poco sus cuadros fueron admitidos por sus valores humanos y pictóricos.
El realismo
El realismo AFIRMA reflejar sólo lo que se experimenta por los sentidos, adecuando arte y realidad social. OBJETIVIDAD, EVIDENCIA,CLARIDAD, COMPROMISO son sus rasgos principales. No estamos, por tanto, ante un cambio de estilo desde el punto de vista formal sino frente a un intento de dar una funcionalidad específica al arte:
diseccionar la vida cotidiana urbana e industrial.

 

LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO

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LA LIBERTAD GUIANDO AL PUEBLO. 1830. EUGÈNE DELACROIX. ÓLEO SOBRE LIENZO, 2,6 x 3,25 M. MUSEO DEL LOUVRE, PARÍS.

El cuadro representa los sucesos que tuvieron lugar en París durante los días 27, 28 y 29 de julio de 1830, las llamadas tres jornadas gloriosas, en las que grupos de jóvenes republicanos se levantaron contra las ordenanzas que la monarquía acababa de promulgar y que restringían la libertad de los ciudadanos. Estos hechos provocaron la caída del último rey de la familia de los Borbones, Carlos X y la coronación de Luis Felipe de Orleans, representante de la monarquía liberal, que sería destronado en 1848. Delacroix, en este lienzo, nos recuerda los acontecimientos de la mañana del 28 de ese mes, cuando la insurrección alcanza su momento más álgido. La pintura representa para muchos autores el primer cuadro de naturaleza política de la pintura moderna, junto con algunas obras de Goya. La obra fue adquirida por Luis Felipe de Orleans en 1831, pero no fue expuesta hasta años más tarde por considerarla demasiado “incendiaria”.

La mujer que hace ondear la bandera tricolor sobre las barricadas es un símbolo, al mismo tiempo, de Francia y de la Libertad. Guiados por ella, hombres, mujeres, adultos, muchachos, obreros, intelectuales, burgueses, campesinos y soldados emergen hacia el espectador hermanados bajo la bandera. En primer término, está la barricada donde se encuentran, tratados con extraordinario realismo, los cadáveres de aquellos que ya han caído en su lucha por la Libertad.

El grupo avanza hacia nosotros y sus siluetas quedan perfiladas a contraluz sobre un fondo encendido y humeante en el que se distinguen a la derecha, entre el humo, las torres de Notre Dame y los edificios próximos. Los personajes se mueven , se agitan, levantan las armas y gritan con gestos que logran transmitir un sentimiento de fuerte patriotismo.

La composición nos remite a Géricault, en La Balsa de la Medusa. Las figuras se enmarcan en una pirámide cuyo vértice lo constituye la bandera. En la base, la barricada y los cuerpos inertes de los que ya han sacrificado sus vidas. Los lados vienen definidos por el palo de la bandera y el fusil a un lado, y en el otro, la línea dibujada por los brazos agitados del muchacho que se continúa hasta el punto más alto de la bandera. El gesto de la figura femenina y el del muchacho que la acompaña, imprimen a la obra un poderoso impulso de avance hacia el espectador y transmiten una fuerza y energía extraordinarias. Junto a ella avanzan un representante de la burguesía, con sombrero de copa y arcabuz y un menestral que blande un sable.

La exaltación del color combinada con una pincelada suelta y una luz irreal crean una atmósfera dinámica, agitada, que envuelve a la figura de la Libertad y disuelve los objetos y figuras del fondo.

Este cuadro constituye un auténtico manifiesto de la pintura romántica, en su exaltación de la Libertad, uno de los grandes logros de la lucha política del siglo XIX.