EL MARTIRIO DE SAN FELIPE

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 EL MARTIRIO DE SAN FELIPE. 1639. ÓLEO SOBRE LIENZO, 2,34 x 2,34 m. MUSEO DEL PRADO, MADRID. José de Ribera.

José de Ribera gozó de una doble ciudadanía artística, esa que le lleva a ser conocido en Italia como el Spagnoleto aunque no realizó en nuestro país ni una sola obra. Se estableció en Nápoles pero antes estuvo en Roma y conoció la obra de Caravaggio.

Este cuadro es considerado el paradigma del barroco naturalista: habrá que averiguar la causa. Que el artista es un magnífico dibujante es evidente y aquí lo vemos encerrar a las formas en líneas y volúmenes. Los ejes de estabilidad se resuelven con la verticalidad del madero y las estrías de la columna de la derecha mientras que la horizontal la señala el travesaño al que tiene atadas las manos el protagonista. Todo lo demás son líneas diagonales y sinuosas, esas que acusan el movimiento. El modelado se confía al contraste de claroscuros y, por tanto, a la luz. El acusado tenebrismo de la primera etapa del pintor lo encontramos muy amortiguado como nos demuestra ese fondo aclarado en el cielo. La luz sigue teniendo un uso selectivo: los rostros van a estar iluminados y destacan así del gris plata del fondo mientras que el personaje central será indudablemente el más iluminado. La paleta es rica en marrones, grises, verdes, rojos, amarillos, terrosos y cárnicos y juega con los contrastes.

La composición tendrá que explicarnos la causa de que una ratio cuadrada (234 x234) de un resultado visual de tan marcada verticalidad. El madero de la cruz se sale del lienzo al igual que visualmente la columna de la derecha: uno y otro guían nuestra mirada hacia arriba, hacia el infinito. El motivo central se encuentra en la contraposición entre el esfuerzo de las dos figuras de la izquierda que tiran de la cuerda y la pesadez del cuerpo del santo que llena con su presencia toda la tela y que se acusa con un punto de vista bajo. El contraste es una de las bases compositivas: desnudo frente a personajes vestidos; frontalidad frente a escorzos; iluminación contra oscuridad; cárnicos frente a rojo. Sin embargo, como siempre, la geometría soporta el resto de los elementos: una diagonal nos marca el eje principal y la triangulación se repite por doquier desde la estructuración de las masas a las piernas de los verdugos y del santo, pasando por los triángulos incompletos de las cuerdas.

Iconográficamente representa el martirio de san Felipe precisamente en el momento anterior al suplicio. Los verdugos están alzando al santo que tiene los brazos atados a un palo que se dobla bajo el peso de su cuerpo. A la derecha un grupo de verdugos, uno levantando las piernas del mártir y los otros observando complacidos. Para contrastar con lo anterior –la acción terrible, la omisión complaciente, el sufrimiento- y en la parte izquierda, la participación doliente y resignada protagonizada por la madre con el hijo en sus brazos. La pedagogía de Trento es evidente: apostar por Dios, aún a costa de la propia vida, no es patrimonio de las clases privilegiadas. Ahí están esos rostros de pescadores napolitanos y ese tipo anatómico de cuerpo enflaquecido con el que el espectador se puede identificar. A él precisamente va dirigido.

Los martirios son uno de los temas más representados en la pintura barroca, dentro del papel concedido por el Concilio de Trento a la obra de arte en la difusión de las ideas religiosas. Se trata de despertar la compasión de los fieles y reflejar la importancia del martirio como vía de santidad, una vía negada por los protestantes.

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